
Al-Hakam II confió en exceso en los funcionarios que le rodeaban, especialmente en el chambelán al-Mushafi, el visir Ibn Abi Amir (futuro Almanzor) y el general Galib, quienes lucharan para ocupar el poder a la muerte del califa. Las relaciones exteriores tendrán dos frentes: la lucha contra los reinos cristianos del norte y la intervención en el norte de África. En el Magreb se restauró el protectorado de Marruecos (974) para hacer frente al empuje fatimí. En el frente norte la alianza de León, Castilla, Barcelona y Navarra contra Al-Hakam tuvo como respuesta la toma por parte del califa del castillo de San Esteban de Gormaz (963), imponiendo Córdoba su autoridad.
La gran pasión de Al-Hakam II serán las artes y las letras. Reunió una biblioteca de más de 400.000 volúmenes y fundó 27 escuelas públicas en las que los eruditos enseñaban a los pobres y huérfanos a cambio de atrayentes salarios. La ampliación de la mezquita con la exquisita decoración del mihrab pone de manifiesto su admiración artística.
De la trayectoria de este califa, inteligente, ilustrado, sensible y extremadamente piadoso sólo cabe lamentar que reinara apenas 15 años, y que cometiera el gran error de no nombrar a un sucesor capacitado y eficaz.
Quizás por sentir próxima su muerte por el ataque de hemiplejia que sufrió, se apresuró en nombrar sucesor a su hijo, Hixen II que, al acceder al trono siendo menor de edad, se convirtió en una marioneta utilizada con astucia por Al-Mansur (Almanzor) y sus partidarios.
Las desbordadas ambiciones del visir y su obsesivo fanatismo religioso y militarista, abocaría a Al-Andalus a emprender continuas campañas bélicas. Junto a sus acólitos se adueñó de la autoridad administrativa, iniciando un período de intransigencia que desencadenó graves conflictos civiles y afectó muy negativamente a la unidad política de las diversas colectividades que integraban el conjunto social de Al-Andalus. La continuidad del Califato se hizo inviable y comenzó su decadencia.
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