miércoles, 17 de diciembre de 2008

HISTORIA DE AL-ANDALUS


A continuación conoceremos cómo se llevó a cabo la conquista musulmana de la península.

A grandes rasgos se explica el avance y asentamiento de diferentes tribus árabes que nos dejarán un importante legado histórico y cultural.

LA CONQUISTA MUSULMANA


Los árabes musulmanes, alentados por la idea de la "guerra santa", iniciaron en el siglo VII una fulgurante expansión por el Oriente Medio y el norte de África, llegando hasta las costas del océano Atlántico. Aprovechando la crisis interna del reino visigodo, envuelto en una de sus constantes luchas internas por el poder monárquico, tropas musulmanas, compuestas por árabes y beréberes, cruzaron el estrecho de Gibraltar en el año 711 iniciando la conquista de la península ibérica.Dirigidos por el beréber Tariq, lugarteniente del gobernador del Norte de África, Musa ibn Nusayr los musulmanes derrotaron en la batalla de Guadalete (711) al último rey visigodo, Rodrigo, que perdió la vida en el combate. Animados por aquel éxito, los invasores decidieron proseguir el avance por las tierras hispanas, primero en dirección a Toledo, posteriormente hacia Zaragoza. En apenas tres años, los musulmanes lograron conquistar la mayor parte de las tierras hispánicas sin encontrar apenas resistencia. Solo las regiones montañosas de las zonas cantábrica y pirenaica escaparon a su control. Junto a los árabes, que ocupaban los puestos dirigentes, grupo beréberes del norte de África engrosaron las filas de los invasores musulmanes.
Los árabes tenían fuertes estructuras tribales (qaysíes, kalbíes) que mantuvieron largo tiempo fuertes enemistades que pronto se manifestaron al repartirse las tierras ocupadas.
A todos estos problemas entre los árabes, hay que añadir los provocados por los beréberes islamizados del norte de África, reacios a someterse a un autoridad central. Resultado de todo ello fue un oscuro período de luchas y enfrentamientos entre los distintos clanes árabes, y entre árabes y beréberes, que durará toda la primera mitad del siglo VIII.Diversos magnates nobiliarios visigodos decidieron pactar con los invasores, como fue el caso de
Teodomiro, en la región murciana. Las escasas fuentes disponibles nos hacen pensar que la conquista se realizó principalmente mediante capitulaciones y rendiciones acordadas entre los señores godos y los conquistadores musulmanes. La violencia fue más la excepción que la regla. Esto nos explica la rapidez de la conquista.

EL EMIRATO Y EL CALIFATO DE CÓRDOBA


El Emirato (756-929)


Tras la invasión musulmana, la mayor parte de la península ibérica se convirtió en una nueva provincia del califato islámico, Al-Andalus. Al frente de este territorio se colocó a un Emir o gobernador que actuaba como delegado del Califa musulmán, por entonces perteneciente a la dinastía Omeya, con capital en ciudad de Damasco.
Los musulmanes realizaron algunas incursiones por el norte de la península, pero fueron derrotados por los astures en Covadonga (722). También penetraron en suelo franco, donde ocuparon ciudades como Narbona, pero sufrieron un duro golpe ante el ejército de los francos en las proximidades de Poitiers (732). Esta batalla supuso el fin de la expansión árabe musulmana en Europa.
A mediados del siglo VIII tuvo lugar un hecho clave. La dinastía Omeya fue víctima de la revolución Abasí, familia que se adueñó del Califato. Un miembro de la familia derrotada logró escapar, refugiándose en Al-Andalus, donde, gracias a los apoyos que encontró, se proclamó emir. Se trataba de Abd-al-Rahman I (756-788), con quien comenzaba en Al-Andalus el período conocido como emirato independiente, debido a que acabó con la dependencia política de los califas abasíes, que habían establecido su sede en la ciudad de Bagdad. Al-Andalus siguió reconociendo al Califa Abasí como líder espiritual del mundo musulmán.
Abd-al-Rahman I fijó su capital en la ciudad de Córdoba e inició la tarea de construcción de un estado independiente en Al Andalus. Para ello necesitaba fundamentalmente tres cosas: un ejército, unos ingresos económicos, y sofocar las posibles revueltas de sus enemigos. El desafío al poder central de Córdoba fue una constante en las grandes familias nobles musulmanas asentadas en las diversas regiones de Al-Andalus.



Un importante paso en el fortalecimiento de Al-Andalus se dio en el año 929, cuando el emir Abd-al-Rahman III (912-961) decidió proclamarse Califa, cargo en el que confluían el poder político y el religioso.
El Califa residía en el alcázar de Córdoba, situado junto a la gran mezquita. Unos años después de su autoproclamación, Abd-al-Rahman III ordenó construir, al oeste de la capital, la impresionante ciudad-palacio de Madinat al-Zahra, convertida en residencia califal y en el centro del poder político de Al-Andalus.
Almanzor y la crisis del Califato de Córdoba
En las últimas décadas del siglo X, Almanzor se hizo con el poder efectivo en Al-Andalus; ejercía el cargo de hachib, una especie de primer ministro. Mientras tanto, el califa de la época, Hisham II (976-1009), vivía recluido en el palacio de Madinat al-Zahra sin ejercer en lo más mínimo el poder político.
Almanzor, que basó su poder en el Ejército, integrado sobre todo por soldados beréberes, organizó terroríficas campañas contra los cristianos del norte peninsular. Su muerte en año 1002 inició el proceso de descomposición política, que llevó al fin del Califato en el 1031.

LOS REINOS DE TAIFAS


La muerte de Almanzor en 1002, abrió en al-Andalus una larga etapa de fragmentación y disputa. En menos de treinta años nueve califas se sucedieron en el trono, finalmente el califato de Córdoba terminó por desaparecer en el año 1031. En su lugar surgió un mosaico de pequeños reinos llamados de taifas.
De forma paulatina las taifas de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza fueron independizándose del poder central de Córdoba.
En un principio el Califato se fragmentó en veintisiete reinos de taifas. Los más débiles fueron desapareciendo y fueron anexionados por los más poderosos.
Estos pequeños reinos, mucho más débiles que el Califato, se mostraron sumisos hacia los dirigentes cristianos, a los que entregaban unos tributos llamados parias. Mientras tanto, el avance de la reconquista cristiana culminó con la conquista de Toledo en el 1085.
Una vez rota su unidad, al-Andalus estuvo a merced de los cristianos del norte, que procedieron a la ocupación paulatina de los territorios que habían estado bajo el poder musulmán. No obstante, ese proceso no fue lineal, pues hubo momentos de corta duración en los que la unidad andalusí pudo reconstruirse.
En esos casos, el impulso vino del norte de África, con las invasiones de los almorávides y los almohades. Pero, a partir de la derrota de estos últimos en las Navas de Tolosa (1212), el avance cristiano fue imparable y la España musulmana acabó reducida al pequeño reino de Granada.

LOS IMPERIOS NORTEAFRICANOS

La debilidad del Al-Andalus fragmentado en los reinos de Taifas permitió a los reinos cristianos del norte tomar la iniciativa militar en la península. Esta superioridad cristiana se vio dos veces interrumpida por la irrupción en Al-Andalus de dos invasiones norteafricanas que consiguieron de forma efímera recuperar la unidad de la España musulmana.
La pérdida de Toledo en el año 1085 fue un duro golpe para los musulmanes de Al Andalus. La reacción fue llamar en su ayuda al poder que se había hecho fuerte al otro lado del estrecho de Gibraltar: el imperio almorávide.
En el año 1086 llegaron los
almorávides, agrupación de tribus beréberes dedicadas a la ganadería, que poco antes habían creado un imperio en el norte de África.
Caracterizados por el rigor religioso, los almorávides acabaron con los taifas, unificaron el poder político en al-Andalus y lograron contener el avance de los cristianos hacia el sur. Sus éxitos militares más importantes fueron las batallas de Sagrajas (1086) y de Uclés (1108).
El poder almorávide fue efímero. A mediados del siglo XII la unidad de Al-Andalus se vino abajo y la fragmentación política trajo los conocidos como Segundos Reinos de Taifas.
Más tarde llegaron a la Península Ibérica los
almohades, que habían constituido unos años antes en el Magreb un nuevo imperio, también formado por beréberes.
Los almohades no sólo unificaron nuevamente al-Andalus, sino que hicieron frente a los cristianos logrando algunos éxitos notables, como el obtenido en Alarcos (1195) contra Alfonso VIII de Castilla. También en este período se construyeron algunos edificios emblemáticos de la España musulmana como
la Giralda de Sevilla.
Sin embargo, el intento almohade de reunificación de Al-Andalus también fracasó. El momento clave fue la aplastante derrota sufrida ante los cristianos en las Navas de Tolosa (1212). Las nuevas taifas no pudieron resistir el avance cristiano que resultó prácticamente incontenible. La España musulmana quedó reducida al
reino nazarí de Granada.

LOS REYES CATÓLICOS Y LA CONQUISTA DE GRANADA



En lo que se refiere al reino de Castilla, la conquista de Granada ratificó la victoria de Isabel y Fernando en el conflicto de sucesión y aseguró su posición frente a la nobleza. La guerra de Granada fue clave para desarrollar el sistema fiscal y la capacidad militar castellana y significó un momento clave en la forja del estado castellano moderno.
Por otro lado, la guerra de Granada fue una contienda en la que participaron, militar y financieramente, aunque de manera desigual, castellanos y aragoneses, constituyendo la primera gran empresa común de la nueva monarquía.
En la política internacional, la conquista del último reducto político de Al-Andalus, la toma de Granada dejó a los Reyes Católicos las manos libres para encarar con fuerza los otros frentes de su política exterior, especialmente su rivalidad con Francia, Italia y Navarra.
Finalmente, la guerra y la conquista de Granada —hábilmente explotada por los propagandistas de la corona— sirvió para reforzar el prestigio de los nuevos monarcas.
La
guerra, iniciada en 1482, estuvo marcada por el poderío militar cristiano y por las desavenencias internas en el reino musulmán. El sitio final a la ciudad de Granada, de abril de 1491a enero de 1492, culminó con la rendición final de Boabdil, el último monarca del último reino musulmán de la península ibérica.
Los restos de Isabel y Fernando que reposan en la capilla real de la catedral de Granada, son símbolo y testimonio de la capital importancia que tuvo la
guerra y la conquista de Granada en el reinado de los Reyes Católicos. Son múltiples los aspectos que nos muestran la importancia de esta guerra para el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

PERSONAJES DESTACADOS DE LA ÉPOCA

Son muchos los personajes que han dedicado parte de su vida a la creación, mantenimiento y enriquecimento de Al- andalus, pero entre todos ellos podemos destacar los siguientes. Su aportación es especialmente interesante ya no sólo desde el punto de vista político, sino también intelectual.

ABDERRAMAN I, el príncipe Omeya

Primer emir independiente de Córdoba (Damasco, 734 - Córdoba, 788) Nieto del califa Hisham de Damasco, fue uno de los escasos miembros de la dinastía Omeya que consiguieron escapar a la matanza de Abú Futrus, que llevó al poder a los Abasidas en el año 750.
Durante cinco años viajó huyendo de un lugar a otro del norte de África, hasta encontrar refugio entre los beréberes de la tribu Nafza, cerca de Ceuta, de la que era originaria su madre. Con el apoyo de los sirios que habían servido a los Omeyas y aún permanecían en España, consiguió pasar a la Península.
De esta forma, Abderramán, embarcó para llegar a las costas de Granada (Almuñécar) en el año 755, con la intención de buscar nuevos seguidores que afianzaran sus posibilidades de alcanzar el poder que no había logrado en África. En aquellos años Al-Andalus era un territorio debilitado por continuos enfrentamientos étnicos tribales. Para comprender este hecho no hay más que percatarse en el conglomerado de razas y religiones que constituían este territorio.
En el aspecto étnico, convivían hispano-romanos, visigodos, sirios, árabes y bereberes. En lo relativo a los credos religiosos, coexistían musulmanes "viejos" que no eran otros que los propios conquistadores y sus descendientes, antiguos cristianos convertidos recientemente al Islam para evitar impuestos (llamados muladíes), cristianos que deseaban mantener su religión (mozárabes) y un importante grupo de judíos.
Por otro lado, el emir Yusuf al-Fihrí, gobernante de al Andalus, no tenía personalidad suficiente para asumir un poder centralizado capaz de contener las innatas tendencias de disidencia en Al-Andalus.
Abderramán reunió un ejército de leales formado por sirios, yemeníes y beréberes, y derrotó, tras una breve guerra, al emir Yusuf. Es así como Abderramán entra en Córdoba en el año 756 y se convierte en el primer emir independiente de Al-Andalus.Abderramán I se mantendría en el trono hasta su muerte y en los más de treinta años de gobierno sus esfuerzos fueron dirigidos a crear un estado organizado y fuerte, siguiendo el modelo de gestión de los omeyas de Damasco.
No fue tarea fácil porque tuvo que dedicar sus mayores esfuerzos a sofocar rebeliones de numerosas facciones, entre las que se cuentan las del emir derrocado, Yusuf al-Fihrí, y de sus hijos, de los sirios partidarios de los abbasíes y de los bereberes. Tampoco faltaron las intrigas de palacio que Abderramán tuvo que sofocar con sangre.
Abderramán consiguió mantenerse en el poder con el apoyo de un buen ejército, formado en su mayor parte por mercenarios beréberes; consolidó así a la dinastía Omeya, derrocada en Oriente, al frente de un emirato español cuya organización calcó del califato oriental; e inició la construcción de la mezquita de Córdoba, que quedaría para la posteridad como símbolo de aquel primer esplendor de la España musulmana.
La importancia de la llegada de Abderramán a Al-Andalus y la instauración de emirato omeya tuvo una relevancia que pocas veces es suficientemente destacada.

ABDERRAMAN III


Emir independiente de Córdoba y fundador del Califato de Córdoba en 929. Nació en Córdoba en 891 y murió en Medina Azahara en 961.
Cuando apenas contaba veintiún años sucede a su abuelo
Abdalá al fallecer éste en 912, dando desde el principio muestras de una gran habilidad política. Las circunstancias de su sucesión, muy extraña al recaer en un nieto del emir finado y no en un hijo, son oscuras. Su padre Mohamed, primogénito de Abdalá, podría haber sido asesinado por su hermano Mutarraf cuando Abderramán era aún niño. Las fuentes señalan que Abdalá lo elige como sucesor en detrimento de sus tíos y que éstos, que años después conspiraron para derrocarlo, acudieron gustosos a su proclamación.
Hereda de los emires anteriores una difícil situación interna, marcada por el enfrentamiento entre la aristocracia árabe y los muladíes y beréberes, de hecho su poder efectivo se restringía en la práctica a la ciudad de córdoba y a sus arrabales. Paralelamente, en el plano de la política exterior, tuvo que enfrentarse a la amenaza de los reinos cristianos del norte, que habían logrado ampliar sus territorios merced a las tensiones internas del reino andalusí, y al califato fundado por los fatimíes en la actual Túnez.
Sus primeros esfuerzos como emir se orientarán a reconstituir su estado, restableciendo el orden. Badajoz es tomada en 930, Toledo en 932 y Zaragoza en el año 937. Quedaban solventados de esta forma los problemas internos y Abderramán III pudo dedicarse ya a detener las incursiones cristianas.
El otro eje de la política exterior de Abderramán III fue frenar la expansión en el norte de África del califato fatimí, proclamado en 909, que buscaba expandirse por Al-Andalus. Será precisamente esta amenaza la que lleve a Abderramán III a proclamarse califa, príncipe de los creyentes y defensor de la religión en 929, reivindicando así la independencia andalusí frente a Bagdad o Túnez. El califato de Córdoba se dota de una potente flota marítima con base en Almería, con la que logrará conquistar Melilla, en 927, Ceuta en 931 y Tánger en 951, y establecer una suerte de protectorado sobre el norte y el centro del Zagreb.
En general, Abderramán III no sólo logró recomponer un estado en crisis y contener a sus enemigos, sino que consolidó un nuevo ciclo de desarrollo económico y prosperidad que le permitió iniciar contactos diplomáticos con los estados europeos y principalmente con Bizancio. Será este ambiente el que propicie la realización de numerosos obras públicas y monumentos en Córdoba, mereciendo especial mención el palacio de Medina Azahara. Le sucede su hijo
Al-Hakam II.

AL-HAKAM II

Nació en Córdoba en el año 915 y murió en la misma ciudad en 976.A los ocho años fue nombrado sucesor de Abd Al-Rahman III. Sin embargo, se hizo cargo del poder con 47 años, tras la muerte de su padre. Su educación fue exquisita y participó intensamente de las actividades de gobierno así como de las campañas militares, acompañando al califa en varias ocasiones. Podemos afirmar que Al-Hakam continuó la política de Abd Al-Rahman III, manteniendo la paz y la prosperidad en al-Andalus. Su califato fue pacífico, abogando por la vía diplomática antes que la militar. No en balde dio órdenes a sus gobernadores para evitar que la población fuera oprimida o se entregara a crueles matanzas.
Al-Hakam II confió en exceso en los funcionarios que le rodeaban, especialmente en el chambelán al-Mushafi, el visir
Ibn Abi Amir (futuro Almanzor) y el general Galib, quienes lucharan para ocupar el poder a la muerte del califa. Las relaciones exteriores tendrán dos frentes: la lucha contra los reinos cristianos del norte y la intervención en el norte de África. En el Magreb se restauró el protectorado de Marruecos (974) para hacer frente al empuje fatimí. En el frente norte la alianza de León, Castilla, Barcelona y Navarra contra Al-Hakam tuvo como respuesta la toma por parte del califa del castillo de San Esteban de Gormaz (963), imponiendo Córdoba su autoridad.
La gran pasión de Al-Hakam II serán las artes y las letras. Reunió una biblioteca de más de 400.000 volúmenes y fundó 27 escuelas públicas en las que los eruditos enseñaban a los pobres y huérfanos a cambio de atrayentes salarios. La ampliación de la mezquita con la exquisita decoración del mihrab pone de manifiesto su admiración artística.
De la trayectoria de este califa, inteligente, ilustrado, sensible y extremadamente piadoso sólo cabe lamentar que reinara apenas 15 años, y que cometiera el gran error de no nombrar a un sucesor capacitado y eficaz.
Quizás por sentir próxima su muerte por el ataque de hemiplejia que sufrió, se apresuró en nombrar sucesor a su hijo,
Hixen II que, al acceder al trono siendo menor de edad, se convirtió en una marioneta utilizada con astucia por Al-Mansur (Almanzor) y sus partidarios.
Las desbordadas ambiciones del visir y su obsesivo fanatismo religioso y militarista, abocaría a Al-Andalus a emprender continuas campañas bélicas. Junto a sus acólitos se adueñó de la autoridad administrativa, iniciando un período de intransigencia que desencadenó graves conflictos civiles y afectó muy negativamente a la unidad política de las diversas colectividades que integraban el conjunto social de Al-Andalus. La continuidad del Califato se hizo inviable y comenzó su decadencia.

ALMANZOR


Nació en Algeciras en el año939 y murió en Medinaceli en el año 1002. Almanzor se llamó verdaderamente Abi Amir Muhammad. El nombre de Almanzor es una castellanización del calificativo árabe con que él mismo se rebautizó tras una de sus muchas victorias guerreras: "al-Mansur bi-Allah" (el victorioso de Dios)
Almanzor es uno de esos personajes históricos que ha trascendido al terreno del mito al quedar su huella grabada en el acerbo colectivo.
Hizo su aparición durante el reinado de Al-Hakam II.
Tras realizar su estudios en la capital califal inició su carrera política pasando desde el puesto de auxiliar del cadí de Córdoba al de administrador del patrimonio de
Subh, la concubina favorita del califa, de gran influencia política en la corte y que le hizo ascender rápidamente hasta alcanzar en 973 el cargo de intendente del ejército en la campaña africana. Sin embargo el esplendor de la carrera política y militar de Almanzor se producirá bajo el reinado del siguiente califa, Hisham II.
En 976, la prematura muerte de Al-Hakam II situó al frente del califato de Córdoba a Hisam II, un niño de tan sólo once años, circunstancia que aprovechó Almanzor, hombre decidido y ambicioso, para hacerse con las riendas del poder. Aquel mismo año fue designado tutor del joven califa, con la ayuda de la madre de éste, Subh, una cautiva vascona que probablemente era su amante.
Dos años más tarde, en el 978, fue acercándose a la figura del joven califa Hisam II hasta lograr de él todo poder político del Califato. Ya tras haber convertido a Hisam II en su marioneta política, Almanzor se hizo nombrar hayib, una especie de mayordomo de palacio o primer ministro, dignidad que le permitió ejercer una autoridad absoluta sobre todo el territorio hispanomusulmán.
Almanzor encarna la virulencia de las frecuentes y encarnizadas guerras de religión del proceso secular llamado "Reconquista" y que protagonizaron ambos bandos: musulmanes y cristianos.
También se conocen sus esfuerzos por establecer reformas legislativas y atraerse el afecto y admiración del pueblo llano andalusí gracias a las victorias sobre los cristianos y los botines de guerra llevados a Córdoba tras sus expediciones.
Es precisamente por estas incursiones de castigo y devastación por las que Almanzor es recordado históricamente. Fueron casi sesenta a lo largo de su vida, todas victoriosas, en las que destruyó, entre otras, ciudades tan emblemáticos para los reinos cristianos hispanos como León (984), Barcelona (985) Santiago de Compostela (997) Pamplona (999) y San Millán de la Cogolla (1002).
Por sus firmes creencias religiosas, Almanzor aplicó la idea de guerra santa o yihad con entusiasmo durante toda su vida. De hecho, se sabe que en su última correría que tenía como objetivo la destrucción de uno de los focos espirituales de la cristiandad hispana, San Millán de la Cogolla, Almanzor se puso a la cabeza de su ejército a pesar de sentirse gravemente enfermo. Corría el año de 1002.
Su salud se deterioró durante esta última campaña y tras quemar el cenobio riojano decidió una apresurada retirada hacia sus bases. Probablemente murió en las cercanías de Bordecórex (sur de Soria) para ser enterrado en Medinaceli, la principal base logística andalusí y cabeza de puente de sus correrías.
Los reinos cristianos suspiraron aliviados con la muerte de Almanzor, que había sido considerado un verdadero azote de Dios. Es significativo que un cronista cristiano de la época celebró su desaparición con la elocuente frase: "fue sepultado en los infiernos".
La paradoja de la biografía de Almanzor es que siendo un gobernante de una energía poco frecuente y que llevó al Califato a la cima del poder político y militar, sentó las bases para la destrucción definitiva de Al-Andalus.
Al acaparar las riendas del gobierno, que hasta ahora pertenecían a los califas, menoscabó el prestigio de esta figura. Además provocó una verdadera guerra civil entre los partidarios de sus descendientes y los sucesores de Hisam II. Tras su muerte, el Califato de Córdoba se sumió en un continuo proceso de violencia y descomposición hasta su oficial supresión pocos años más tarde (1032).De haber seguido existiendo un Califato fuerte como el de las décadas centrales del siglo X, los reinos cristianos hubieran visto muy difícil su expansión al sur. Sin embargo, con su pronta desaparición en 1032 y la formación de los pequeños reinos de Taifas, los castigados reinos cristianos pudieron recuperarse y en muy poco tiempo convertirse en una amenaza real para Al-Andalus, que se culminaría con la toma de la emblemática ciudad de Toledo en 1085.

BOABDIL


Abu Abd Allah (conocido como Boabdil por la población castellana), último rey de Granada desde 1482 hasta 1492 y descendiente de la dinastía nazarí. Nació en esta última ciudad cerca de 1459 y murió en Marruecos, en 1527.
Era hijo del rey de Granada Abu-I-Hasan Ali (Muley-Hacen) y ascendió al trono tras una revuelta de la población granadina del Albaicín a causa de los elevados impuestos, para lo que obtuvo el respaldo de la familia granadina de los Abencerrajes (enfrentada a la de los Zegríes, que apoyaba a su padre).
Al año siguiente, 1483, fue derrotado cerca de Lucena por las tropas castellanas del rey Fernando II el Católico. Boabdil fue capturado y estuvo preso, entre otros lugares, en el castillo de Lucena, en su torre octogonal del Moral. Mientras tanto, el trono de Granada fue ocupado de nuevo por su padre.
En 1486 Boabdil aceptó gobernar Granada como reino tributario de Castilla, sometiéndose a su vasallaje, por lo que Fernando el Católico le devolvió la libertad y restauró en el trono. Tuvo que firmar para ello el humillante pacto de Córdoba, por el cual se comprometía a entregar a Castilla la parte del territorio granadino en poder de Muley-Hacen.
Se vio obligado, asimismo, a luchar contra otro rival, su tío Abu Abd Allah Mamad (el Zagal) y contra los zegríes. Estas guerras civiles favorecieron el avance de los cristianos, que, tras diez años de acciones militares y diplomáticas, pusieron sitio a Granada en la primavera de 1491. A pesar de la defensa que de ella hicieron los musulmanes, Granada cayó el 2 de enero de 1492, víctima del empuje de las armas castellanas y la habilidad de Fernando el Católico para sembrar la discordia y las rivalidades en el reino granadino. La ciudad estaba profundamente dividida sobre si debía o no rendirse, por lo que antes de la capitulación entraron en la ciudad tropas castellanas para evitar posibles revueltas. La capitulación se produjo, ante los Reyes Católicos, el 6 de enero del mismo año y significó el fin de la denominada Reconquista española, que había durado ocho siglos.
Se permitió que Boabdil se retirase a la comarca granadina de las Alpujarras, siendo recompensado con el señorío de estas tierras, pero más tarde se trasladó a Fez (Marruecos), hasta su muerte.

AVERROES


Nacido en Córdoba en 1126, su nombre árabe era Abu I-Walid ibn Rusd. Es miembro de una prominente familia de juristas. Su abuelo había desempeñado el cargo de cadí e imán de la Gran Mezquita y es el autor de un famoso tratado legal. Su padre, también cadí, fomentó su educación entre destacados miembros de la intelectualidad cordobesa, con quienes se familiarizó con las obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates
En 1169 Averroes, quien por entonces lleva diez años viviendo en Marraquech, gana la confianza del califa al serle presentado por Ibn Tufayl y obtiene el cargo de cadí en Sevilla y Córdoba. A la muerte de éste, le sucede como médico de cámara del soberano cordobés. La subida al trono de Ya´qub al-Mansur supone para Averroes el destierro a Lucena en 1195 y la prohibición de sus obras, deseoso el monarca de atraerse el favor del partido integrista de los alfaquíes. Sin embargo, en 1198 fue llamado a la corte, donde morirá meses más tardes.
Es considerado por muchos como el más importante filósofo árabe de la Edad Media. Sus conocimientos se extendían a todos los campos del saber: Filosofía, Teología, Derecho, Matemática, Astronomía, Física, Medicina, Poesía.
Su producción literaria gira en torno a
Aristóteles, lo que le mereció el título de "El Comentador de Aristóteles". Sus obras son, en su gran mayoría, comentarios, explicaciones y críticas de interpretaciones de filósofos anteriores. Pretende con ello devolver a la filosofía aristotélica su pureza, que había sido opacada por interpretaciones cargadas de platonismo. Averroes sabía que esta tarea no le resultaría fácil porque devolver al aristotelismo su pureza era dejar al descubierto afirmaciones muy difíciles de conciliar con la fe.
Averroes intenta definir con claridad las relaciones entre la Religión y la Filosofía. Él entiende que las mayores dificultades se producen cuando se hace participar de las discusiones filosóficas a personas incapaces de comprenderlas. Para solucionar esto distingue tres tipos de hombres: los filósofos, hombres de demostración, que buscan pruebas rigurosas; los dialécticos, que se conforman con argumentos probables; y los retóricos u hombres de exhortación, que sólo entienden la predicación que apela a la imaginación y las pasiones. El Corán (libro revelado por Dios a Mahoma, equivalente a la Biblia judeo-cristiana) puede ser leído en su sentido simbólico y literal por los ignorantes y, al mismo tiempo, puede ser interpretado en su sentido profundo y oculto por los sabios. Cada quien debe interpretar el Corán según el tipo de hombre que es. Es un error y un peligro difundir las interpretaciones de los sabios entre los espíritus inferiores; ello sólo genera una mezcla lamentable de Oratoria, Dialéctica y Filosofía que lleva a la confusión y la herejía. Hay que mantener, por tanto, la delimitación entre la Filosofía (ciencia de las verdades absolutas), la Teología (explicación dialéctica y verosímil) y la Religión (persuasión de los espíritus inferiores).
En base a lo recién apuntado, se atribuyó a Averroes la así llamada "Teoría de la Doble Verdad", según la cual dos afirmaciones contradictorias podrían ser ambas verdaderas, una para la razón y otra para la religión. De todos modos, no hay testimonios de que él sostuviera algo semejante. En los casos de conflicto entre la fe y la razón, se atiene a lo que enseña la fe.
En cuanto al conocimiento, sostiene que tanto el intelecto agente como el pasivo son una sustancia separada, común a todos los hombres. No se puede basar la inmortalidad del hombre en su condición de sustancia inteligible, porque no lo es. Ese argumento valdría para el intelecto, pero éste es común a todos los hombres y no pertenece al individuo; no es ni tan siquiera su forma sustancial.
Averroes no aceptaba que la Creación hubiera tenido lugar en el tiempo y afirmaba la eternidad del mundo, sin principio temporal.

Obra propia


Averroes (2004). Sobre el intelecto. Colección: Al-Andalus. Textos y Estudios. Madrid: Editorial Trotta. ISBN 9788481647075.
— (2003). El libro de las generalidades de la medicina. edición de María de la Concepción Vázquez de Benito, Camilo Álvarez Morales. Colección: Al-Andalus. Textos y Estudios. Primer premio de la II Edición del Premio Panhispánico de Traducción Especializada, convocado por la Unión Latina y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Madrid: Editorial Trotta.
ISBN 9788481646023.


Sobre Averroes


-Alonso, Manuel (1998). La teología de Averroes. Madrid-Granada, CSIC; reimpresión: Sevilla, Fundación El Monte.
-Averroes. Introducción y selección de textos por R. Ramón Guerrero (1998). Sobre filosofía y religión. Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Filosofía Española, Pamplona.
-Cruz Hernández, Miguel (1997). Abû-l-Walîd Muhammad ibn Rushd (Averroes). Vida, obra, pensamiento, influencia. Córdoba, CajaSur Publicaciones, 2ª ed.
-Gómez Nogales, Salvador. Bibliografía sobre las obras de Averroes, en Múltiple Averroès. París, Les Belles Lettres, 1978, pp. 351-387.
-Maiza Ozcoidi, Idoia (2001). La concepción de la filosofía en Averroes. Análisis crítico del Tahafut al-Tahafut. Madrid: Editorial Trotta.
ISBN 8481644269.
-Puig, Josep (1997). Averroes (1126-1198). Ediciones del Orto, Madrid.
-Urvoy, Dominique; traducción del francés, Delfina Serrano Ruano (1998). Averroes: las ambiciones de un intelectual musulmán. Madrid: Alianza.
-Quirós, C. (1919). Averroes, Compendio de Metafísica. Madrid.
-Cruz Hernández, Miguel (1957). Filosofía Hispano-Musulmana, 2. Madrid, 1-245.
-Morata, N. (1923). Los opúsculos de Averroes en la Bibl. de El Escorial. I. El opúsc. de la unión del entendimiento agente con el hombre. El Escorial.
-De Barnola, Jorge (2008). Averroes el sabio de Córdoba. Madrid: El Rompecabezas (Colección Sabelotod@s, a partir de 9 años).
-Castillejo Gorráiz, Miguel (2000). Averroes el aquinatense islámico. Córdoba: Publicaciones Obra Social y Cultural Cajasur.

MAIMONIDES


Nació en la ciudad de Córdoba en el año 1135. Provenía de una distinguida familia, su padre ejercía como letrado y príncipe de la judería. Cuando Córdoba fue conquistada por los almohades (1148), que impusieron el Islam a cristianos y judíos, su familia decidió marcharse, primero hacia otras zonas de la actual España y luego hacia el norte de África. Maimónides llegó a simular adhesión al islamismo, pero nunca abandonó su fe. Ya siendo adulto se estableció en la ciudad de El Cairo (Egipto). Allí fue nombrado rabino y ocupó el cargo de médico de Saladino I, Sultán de Egipto y Siria, hasta su muerte en el año 1204.
Maimónides fue filósofo, médico, rabino e intérprete de la ley hebrea. En sus obras se muestra el esfuerzo por armonizar fe y razón, religión y filosofía; especialmente en su obra principal: Guía de los perplejos (aquellos que por leer a los filósofos ponen en duda su fe). La interpretación racionalista y alegórica de la Ley que realiza Maimónides en esta obra le mereció el repudio de los judíos ortodoxos, partidarios de una interpretación literal.
Maimónides sostiene que la fe y la razón no se oponen si se interpreta alegóricamente los textos de la Escritura. La Ciencia de las Escrituras y la Filosofía son conocimientos de distinta naturaleza, pero necesariamente se concilian. Su fuente filosófica principal es
Aristóteles, al que conoció a través de Avicena y Averroes.
También su saber médico le proporcionó gran fama, tanto por su práctica profesional como por los tratados teóricos que escribió, comentando a Hipócrates, describiendo diversas enfermedades, proponiendo normas higiénicas y dietéticas, y buscando el bienestar completo, físico y psíquico del hombre.
En nombre de la razón, Maimónides luchó contra la ignorancia y las supersticiones que no permiten al hombre desarrollarse plenamente y, con una visión profundamente humanista, le ayudó a liberarse. Abrió al mismo tiempo las perspectivas del judaísmo tradicional, haciendo valer su mensaje no sólo para los judíos, sino para todos los hombres.
Los cabalistas y los partidarios más decididos de posturas tradicionales, se unieron contra las enseñanzas de Maimónides, mientras las grandes familias de tradición andalusí y los pensadores liberales levantaban su bandera en favor del gran maestro.
A causa de un edicto contra los judíos tuvo que abandonar España, después de viajar por varias ciudades se establece en el Cairo, donde ejerce el oficio de mercader de piedras preciosas. Es el pensador judío cordobés de más altura, más universal y de mayor influencia en la filosofía. Su obra es amplia y variada, con escritos en árabe y en hebreo; tratados médicos, escritos teológicos y filosóficos. Obtuvo el más alto reconocimiento como médico y filósofo.Con Maimónides llega el pensamiento judío a su máximo esplendor. La comunidad judía lo nombró nagid, jefe. Murió en el Cairo el 12 de Diciembre de 1204.

Obra propia

Maimónides (2008). Guía de perplejos. quinta edición. Edición a cargo de David Gonzalo Maeso. Madrid:
Editorial Trotta. ISBN 978-84-8164-222-3.
Sobre Maimónides
Beltrán, Miquel & Fullana, Guillema (2005). El Dios de Maimónides. Zaragoza: Editorial Certeza.
ISBN 978-84-96219-44-1.
Gaos, José (1940). La filosofía de Maimónides.

ARTE ISLÁMICO


Aunque la arquitectura andalusí se asentó sobre la tradición romano-visigoda y aportó los elementos más típicos del mundo islámico: arcos, cubiertas y la rica ornamentación basada en motivos geométricos, vegetales y epigráficos.
La
gran mezquita de Córdoba es la obra emblemática de al-Andalus. Su construcción comenzó a mediados del siglo VIII, en tiempos del emir Abd-al-Rahman I, y más tarde sería objeto de sucesivas ampliaciones. Las partes más brillantes datan del siglo X, sobre todo de tiempos del califa al-Hakam II, en cuya época se construyó el espectacular mihrab, caracterizado por la riqueza de los materiales empleados (en particular, los mármoles), por la original solución constructiva de las originales bóvedas de nervios y, finalmente, por la impresionante fantasía decorativa que lo acompaña.
Muy importante fue, asimismo, la impresionante
ciudad-palacio de Madinat al-Zahra, edificada en tiempos de Abd-al-Rahman III. Para su construcción se trajeron materiales de diversos lugares, como el norte de África, de donde procedía el mármol. Madinat al-Zahra albergaba, en su parte superior, una serie de palacios; en la zona media, jardines y vergeles, y en la parte inferior, la mezquita mayor y las viviendas de los servidores de palacio. Desafortunadamente, durante la guerra civil que precedió a la desaparición del califato, Madinat al-Zahra fue destruida.
Otros ejemplos esenciales de la arquitectura en Al-Andalus son el Palacio de la
Alfajería en Zaragoza, del período almorávide, la torre de la Giralda en Sevilla, de tiempos almohades, y sobre todo, el palacio granadino de la Alhambra, obra cumbre de los nazaríes. Exponente de la potencia económica y el brillo cultural del reino nazarí es un recinto fortificado que reúne en un mismo conjunto, un palacio oficial con funciones administrativas, un palacio privado, la residencia del monarca y amplias zonas de ocio. La Alhambra sobresale por su fantasía ornamental así como la conjunción entre arquitectura y entorno natural.

MEDINAT AL-ZAHRA


Madinat-al-Zahra (Medina Azahara), ciudad que en su apogeo sirvió de escenario al palpitante idilio de la princesa poeta Wallada y su amante Ben Zaydun en el siglo XI. Esta suntuosa villa fue fruto de los desvelos de Abderramán III, que adoptó el título de califa en el año 929. Este fue mucho más lejos en su política constructiva que sus predecesores, pues, después de dotar a la gran mezquita de un gigantesco alminar, no dudó en mandar construir, a extramuros de Córdoba, Medina Azahara: una ciudad palaciega, además de centro residencial y administrativo. Las obras dieron comienzo en el año 936, cuando Abderramán III contaba 45 años. La ciudad se levantó a poco más de cinco kilómetros en línea recta al noroeste de Córdoba; el lugar no podía ser más idóneo: la falda meridional de la sierra de Chabal al'Arus ("la montaña de la desposada"), en medio de un verdadero vergel de viñas y árboles frutales, según el cronista Ahmad al-Razi. Los más célebres alarifes (arquitectos, diseñadores, artistas) andalusíes se dieron cita en las tareas de construcción de esta singular ciudad de las mil y una noches, que se edificó en torno a un doble muro de mampostería que encerraba un enorme rectángulo de unos 800 por 1.125 metros.
Medina Azahara no tardó en convertirse en la más extraordinaria realización urbanístico-arquitectónica del mundo musulmán; su magnificencia, según citas de viajeros medievales, llegó a eclipsar las más esplendorosas ciudades de la Ruta de la Seda.
El 22 de enero del 941 se inauguró la mezquita. A partir de entonces, en Medina Azahara se realizaron todas las Ibadas (las practicas) establecidas por el Islam. Siendo la jutba (discurso) muy apreciado por los andalusíes de la época y el salat de los viernes se convirtió en un acontecimiento multitudinario. Las construcciones se prolongaron hasta el año 976, ya en tiempos del califa al-Hakam II, hijo de Abderramán III, y cesaron cuando el visir Almanzor fundó otra capital, también llamada Medina Azara (Medinaceli, en Soria), a la que trasladó la Corte en el 981. A la muerte de al-Hakam II, se inició la decadencia de este paraíso del arte, de la arquitectura y del urbanismo islámico. Durante la fitna ("guerra civil") del año 1010, los bereberes saquearon, incendiaron y destruyeron la joya más mimada del Califato de Córdoba: Madinat-al-Zahra. Luego hicieron otro tanto los almohades, y los cristianos al fi­nal terminaron por sepultar toda su antigua grandeza.

"UNA HISTORIA DE AMOR"


MEDINAT AL-ZAHARA, es un regalo para ti.

Abderramán III a Azahara, sosiego amoroso, auténtica dueña y señora de su vida. Compañera con la cual podía otorgarse a sí mismo el privilegio del descanso, de la ternura reposada, de la conversación sencilla, o del dormir abrazado a su talle sin más.

- Sólo a ti te cuento esto- le dijo el rey-, que las maravillas de esta construcción, ciudad y palacio a un tiempo, serán narradas por quienes la contemplen como la más grandiosa hermosura que jamás los ojos humanos hayan gozado, y que su fama se extenderá por el mundo y por la historia. Ha de juntar el poder, la gloria y la majestad de mi destino y de mi familia; ha de ser más espléndida, más bella que la propia Bagdad, más fastuosa que la fastuosa Alejandría, ni el palacio de Salomón será comparable a ella y glorificará a Alá a través de mi excelencia.
Hizo una pausa. Azahara seguía mirándolo devotamente enamorada y sonriendo, abandonada de sí misma, pues toda su vida se la había ya regalado a él. Abderramán III apretó el mentón y sus ojos parecían desafiar el horizonte del atardecer sobre las copas más altas de los árboles del jardín a través del ventanal. Sólo relajó su mandíbula para desvelarle el nombre que había decidido otorgar a su ciudad palatina.
- Se llamará Medinat al-Zahra, y todos sabrán que es por ti.


La esclava Azahara padecía, ya manifiestamente, una enfermedad incurable que la mantenía la mayor parte del día postrada y con los ojos cerrados y ello le causaba al califa una tristeza irremediable e imposible de soportar.

- Tengo prisa, mi amada Azahara, por ver florecidos los almendros y que regocijen tu vista sus infinitas flores blancas en la primavera, para traerte la imagen de tus días de infancia en Elvira, en aquella fortaleza de Al-hambra al pie de la sierra que viste de blanco en invierno y de verde en verano, querida mía, según tus propias palabras…

Pero Azahara murió la última noche de aquel año 940, mientras quería entrar el amanecer del nuevo año 941, despacio y sin que sufriera su espíritu y así fue encontrada en su lecho, dormida ya para siempre.
Su muerte ensombreció profundamente el ánimo del califa y todo su miedo a perderla tomó vida en el gesto endurecido de su rostro cuando fue enterado de la noticia.

Abderramán III se empeñó en que fuera acabada la construcción de la Mezquita de la ciudad palatina antes del final de aquel mes de Enero de 941, y se entregó a tan descabellado fin en cuerpo y alma, visitando las obras a diario, seguramente para no pensar en otra cosa.

Y es cierto que causaba admiración al contemplarla, estaba exquisitamente acabada en todas sus partes y tenía cinco naves de admirable hechura. El patio de abluciones lucía un suelo de mármol de color rojo del vino muy bello, y en el centro se abría una fuente de aguas purísimas para uso de la Mezquita; tenía a demás una torre cuadrada para llamar a la oración que medía cuarenta cubitos de altura. En su interior los detalles eran de prodigiosa hermosura; habíanse labrado como adorno sobre los arcos inscripciones en oro del sagrado Corán y en el lugar más destacado de la nave principal se hizo colocar un púlpito bellísimo de complicada y magnífica ornamentación, el mismo día que se contempló la Mezquita y para celebrar la primera oración pública de la historia de la fastuosa ciudad imperial de Medinat al-Zahra, esto es , el viernes día 23 de Enero de aquel 941, que fue dirigida por el califa Abderramán, príncipe de los creyentes y hombre más poderoso del mundo conocido, que en aquel momento sentía enorme pesar sobre sus hombros y nada podía contener el llanto íntimo de su alma, aunque su voz hiciese temblar la tierra.

La noticia de la suntuosa edificación Medinat al-Zahra como ciudad sin par ya había traspasado las fronteras las fronteras de al-Andalus en boca de los mercaderes y caminantes que contaban las maravillas vistas para su levantamiento, y los poetas cortesanos y estudiosos de poesía, glosaron ya desde los primeros meses de las obras las excelencias, los recursos y el tiempo empleados para sus detalles. El califa de Córdoba no quería prohibir la entrada a nadie, y había ordenado que cualquier viajero o visitante fuera tratado con esplendidez, sólo a cambio de que luego contara con su boca las maravillas contempladas en esa nueva ciudad, símbolo del poder Omeya.



“Abderramán III, El gran califa de al- Andalus”- Magdalena Lasala.

LA MEZQUITA DE CÓRDOBA


La Mezquita de Córdoba no es sólo el símbolo de Al-Andalus, sino un monumento fundamental de todo el Occidente islámico y uno de los más asombrosos del mundo.
Es el reflejo artístico del poder de uno de los estados políticos más importante de occidente en los siglos IX y X: el Emirato y Califato de Córdoba.La construcción que ha perdurado es la sucesión de edificaciones iniciada por Abderramán I sobre la iglesia cristiana de San Vicente, en la que reaprovechó abundante material, ampliada posteriormente por Abderramán II, Alhaken II y Almanzor.
La reforma más desastrosa de la historia de la Mezquita de Córdoba se lleva a cabo en los siglos XVI y XVII con la eliminación de parte de los trabajos de ampliación de Abderramán II y Almanzor para construir la catedral cristiana.
La Mezquita de Córdoba es un enorme cuadrilátero de suntuosas arquerías de 24.000 m2 de superficie.
Las partes más importantes del edificio son el antiguo alminar o torre, el patio y la sala de oración.
La Mezquita de Córdoba es convertida en catedral cristiana en 1236, tras la conquista de la ciudad por Fernando III. Desde entonces se iniciaron reformas parciales adicionando capillas y otros elementos cristianos.
Los Reyes Católicos permitieron la construcción de una Capilla Mayor y ya en el siglo XVI durante el reinado de Carlos V se edificó, no sin grandes oposiciones, la actual catedral cristiana dentro de las naves de la antigua mezquita.
Concretamente las zonas afectadas fueron las de Abderramán II y Almanzor.
El edificio lo inició en 1523 Hernán Ruiz el Viejo con permiso expreso del emperador Carlos V y se desarrolló a lo largo del siglo XVI, pero no se terminaron las obras hasta 1766.
El resultado en un edificio que suma estilos desde el gótico final, plateresco, renacentista y barroco.
Tiene nave y crucero, con planta de cruz latina. Los arcos son todavía góticos (apuntados), la ornamentación plateresca y la cúpula renacentista.
Elementos destacables son el Altar de mármol rojo, la sillería del coro y el tesoro de la Catedral.
El antiguo alminar islámico fue "forrado" con envoltura barroca.
A pesar de los avatares de la Historia, la antigua mezquita pervive en su esencia islámica, con la singularidad de los elementos básicos. No obstante, superado el empeño decimonónico por subrayar el elemento islámico, se trata de un híbrido arquitectónico que sintetiza una buena parte de los valores artísticos de Oriente y Occidente. Desde esa perspectiva, la Mezquita-Catedral representa una síntesis de los vaivenes de la historia de España.

LA GIRALDA DE SEVILLA


Giralda es el nombre que recibe el campanario de la Catedral de Santa María de la ciudad de Sevilla, en Andalucía (España). Los dos tercios inferiores de la torre corresponden al alminar de la antigua mezquita de la ciudad, de finales del siglo XII, en la época almohade, mientras que el tercio superior es un remate añadido en época cristiana para albergar las campanas. En su cúspide se halla una bola llamada tinaja sobre la cual se alza el Giraldillo, estatua que hace las funciones de veleta y que fue la escultura en bronce más grande del Renacimiento europeo.
El cuerpo musulmán de la torre fue erigido según algunos investigadores e historiadores para conmemorar la victoria almohade en la
batalla de Alarcos. Fue construido en 1184 por orden del califa Abu Yaqub Yusuf. Se basó en el alminar de la mezquita Kutubia de Marrakech (Marruecos), considerada con sus setenta metros una obra maestra del arte hispano-magrebí. También se la considera hermana de la gran Torre Hasan de Rabat, de sesenta metros.
A raíz de un
terremoto ocurrido en 1365 se perdió la antigua esfera original de cobre que coronaba la torre, que fue sustituida por un sencillo alminar. Posteriormente, en el siglo XVI, se añadió el cuerpo de campanas a cargo del arquitecto cordobés Hernán Ruiz, que además fue encargado por el cabildo catedralicio para que el nuevo cuerpo tuviera un remate en forma de estatua que representa la Fe. La estatua fue instalada en 1568. La palabra giralda proviene de girar y hace referencia a la "veleta de torre que tiene figura humana o de animal”. ]Con el paso del tiempo, ese nombre pasó a denominar a la torre en su conjunto, comenzándose a conocer a la figura que la corona como el Giraldillo.
La Giralda, con sus 97,5 m de altura, fue en su día la torre más alta del mundo y actualmente lo sigue siendo de la ciudad, así como una de las construcciones más famosas de toda Andalucía. El
29 de diciembre de 1928 fue declarada Patrimonio Nacional y en 1987 integró la lista del Patrimonio de la Humanidad.

martes, 16 de diciembre de 2008

LA ALHAMBRA DE GRANADA


El nombre Alhambra tiene sus orígenes en una palabra árabe que significa "castillo rojo o bermellón", debido quizás al tono de color de las torres y muros que rodean completamente la colina de La Sabica, que bajo la luz de las estrellas es de color plateado, pero bajo la luz del sol adquiere un tono dorado. Aunque existe una explicación más poética, narrada por los cronistas musulmanes que hablan de la construcción de la Alhambra "bajo la luz de las antorchas". Creada originalmente con propósitos militares, la Alhambra era una alcazaba (fortín), un alcázar (palacio) y una pequeña medina (ciudad), todo al mismo tiempo. Este triple carácter nos ayuda a comprender las numerosas características de este monumento.
No existe ninguna referencia de la Alhambra como residencia de reyes hasta el siglo XIII, aunque la fortificación existe desde el siglo IX. Los primeros reyes de Granada, los Ziritas, tenían sus castillos y palacios en las colinas de Albaicín, y nada queda de ellos. Los monarcas Ziries fueron con toda probabilidad los emires que construyeron la Alhambra, comenzando en 1238.
El fundador de la dinastía, Muhammed Al-Ahmar, comenzó con la restauración del antiguo fortín. Su trabajo fue completado por su hijo Muhammed II, cuyos sucesores inmediatos continuaron con las reparaciones. La construcción de los palacios (llamado Casa Real Vieja) data del siglo XIV, y es la obra de dos grandes reyes: Yusuf I y Muhammed V. Al primero se le adjudica, entre otros, el Cuarto de Comares, la Puerta de la Justicia, los Baños y algunas torres. Su hijo, Muhammed V, completó el embellecimiento de los palacios con la Sala de los Leones, además de otros cuartos y fortificaciones.
La Alhambra se convirtió en una corte cristiana en 1492 cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada. Más tarde, se construyeron varias estructuras para albergar a ciudadanos prominentes, cuarteles militares, una Iglesia y un Monasterio Franciscano.
El Emperador Carlos V, que pasó varios meses en Granada, comenzó la construcción del Palacio que lleva su nombre e hizo algunas reformas en el interior de los edificios. Estas medidas provocaron una gran controversia provocada por razones políticas. Los siguientes reyes de la casa de Austria no dejaron en el olvido al monumento y cada uno dejo su marca, aunque más discretamente.
Durante el siglo XVIII y parte del XIX, cayó en el olvido y sus salones y cuartos fueron utilizados como bares y establos donde habitaban gentes de mal vivir. Para rematarlo, las tropas napoleónicas que ocuparon Granada desde 1808 hasta 1812, convirtieron los palacios en cuarteles militares. Durante una retirada, minaron las torres y destruyeron parte de ellas. Dos de ellas, la Torre de Siete Suelos y la Torre de Agua quedaron en ruinas. Y de esta manera, este abandono increíble continuó hasta 1870 cuando la Alhambra fue declarada monumento nacional. Artistas y viajeros de todo el mundo hicieron causa común por la defensa de este monumento. Desde entonces hasta nuestros días, la Alhambra ha sido restaurada, protegida e incluso mejorada en muchos aspectos para admiración y disfrute de todo el mundo.

lunes, 15 de diciembre de 2008

BAÑOS ÁRABES DE JAÉN


Durante la dominación musulmana existieron en Jaén numerosos baños árabes. Eran locales públicos con una doble función: higiénica y social, lugares de encuentro en los que se hablaba de los temas políticos, sociales o culturales que afectaban a la ciudad.
Los baños constaban de varias estancias: además del patio de entrada, había una sala fría, una sala templada y otra caliente (algo parecido a una sauna). El calor era producido por unas calderas que calentaban agua y hacían circular agua y vapor a través de diversos conductos situados bajo el suelo y en las paredes. El suelo era frecuentemente de mármol y las paredes de ladrillo.
En Jaén destacan los baños construidos en el siglo XI por el rey Alí, que entonces dominaba la ciudad. Están situados en la actual plaza de Santa Luisa de Marillac, en el barrio de La Magdalena. Prestaron sus servicios durante varios siglos, hasta que la ciudad fue conquistada Fernando III el Santo, en 1246. Se surtían del agua de un gran manantial situado en el citado barrio.
A finales del siglo XVI, D. Fernando de Torres y Portugal, conde de Villardompardo, hizo construir un palacio sobre estos baños, que quedaron medio enterrados en los cimientos.
En la segunda década del siglo XX fueron redescubiertos, iniciándose una ardua labor de restauración, concluida en 1985, gracias a la cual hoy podemos visitarlos.

LA VIDA EN AL-ANDALUS

La vida de un pueblo no se mide sólo a través de sus logros artísticos y científicos, sino, sobre todo, desmenuzando el día a día, sus costumbres, estructuras sociales y organización. Al-Andalus fue también, en este terreno, una civilización avanzada y culta, tal y como se apreciará a continuación.

LA ENSEÑANZA



La educación era un bien muy preciado por el pueblo musulmán. El acceso en Al-Andalus a una educación elemental estuvo al alcance de una buena parte de la población a través de las escuelas coránicas donde desde los seis o siete años se aprendía a leer, escribir, recitar el Corán y nociones elementales de matemáticas. El sistema de aprendizaje estaba basado en la transmisión oral y en la memoria, tanto por la escasez de libros como porque así habían sido las primeras enseñanzas del Profeta.
Estas escuelas, presentes tanto en ciudades como en pueblos, eran particulares, siendo las familias de los niños las que pagaban a los maestros. Las clases acomodadas disponían de tutores particulares.

Mucho más restringido era el acceso a la madraza, verdadero embrión de las universidades europeas. En ellas los maestros más reputados impartían lecciones de gramática, poesía árabe, matemáticas, astronomía, medicina y ciencias naturales, aunque lo más importante era el estudio del Corán y las tradiciones del Profeta. Al finalizar estos estudios se recibía un diploma que autorizaba a transmitir el saber aprendido.

De las grandes madrazas que se erigió en Al-Andalus (1349) fue la de Málaga, a la que siguieron las de Granada y Zaragoza, ésta última dedicada casi en exclusiva a la enseñanza de la medicina. Todavía a comienzos del XVI se impartía en lengua árabe. Córdoba, centro mundial de la cultura, llegó a tener tres universidades, 80 colegios y una biblioteca con 700.000 volúmenes manuscritos.

Sabemos que la mujer en Al-Andalus disfrutó de mayor libertad que en el resto del mundo de su época. El acceso a la educación permitió que algunas de ellas destacaran en la cultura.

LA CIUDAD Y EL ZOCO


LA CIUDAD
El núcleo urbano era la medina, de trazado apretado y denso. En general, presentaba las siguientes características:
Estaba amurallada.
Las puertas eran complejas estructuras arquitectónicas, dobles o en recodo, que se cerraban por la noche.
Se organizaba en dos zonas: la comercial y la vecinal.
En el núcleo principal, llamado Medina, se agrupaban la Mezquita Mayor (aljama), la Madraza, la Alcaicería, el zoco y las más importantes calles comerciales.
La alcazaba se situaba en la parte más alta de la ciudad.
Los arrabales aparecen al extenderse la ciudad extramuros. En ocasiones recibían el nombre de la comunidad o gremio que los habitaba. Disponían de los servicios necesarios para su funcionamiento independiente (mezquita, baño, zoco...).
Calles estrechas (lo que ayudaba a combatir el calor) y sinuosas, con un trazado casi laberíntico. Estaban empedradas y alumbradas de noche. Este alumbrado, al igual que el alcantarillado, se distribuía mediante una red perfectamente organizada.
Frecuentes adarves o calles sin salida que se cerraban de noche aislando a los vecinos a cuyas viviendas daban acceso.
Caserío compacto en el que la vida privada es impenetrable para el transeúnte.
Saledizos y voladizos que a veces llegan a cubrir las calles.
Cementerios situados extramuros, cerca de las principales puertas.
Explanadas, también extramuros, que se usaban como oratorios.

La mezquita era un lugar frecuentado, no sólo para efectuar el salat (postración del musulmán cinco veces al día) comunitaria, sino para convocar distintas reuniones de tipo social y vecinal, o simplemente para estudiar con un poco de sosiego, o escapar a los calores estivales entre la umbría del bosque de columnas.

Según las crónicas musulmanas, Córdoba, en el siglo X, era una ciudad extraordinariamente civilizada. En esa época había una población de casi un millón de almas encerradas en un perímetro que medía doce kilómetros y en 21 arrabales; con 471 mezquitas, 600 baños públicos, 213.077 casas de clase media y obrera, 60.300 residencias de oficiales y aristócratas, y 4.000 tiendas y comercios en una superficie de 2.690 Ha. Era famosa por sus jardines, alcantarillas, acueductos y paseos de recreo. A ambos lados del Guadalquivir (“uadi al-kabir”, el río grande) se extendían los distintos barrios.

EL ZOCO
El zoco era un espacio de intercambio y compra-venta de mercancías y servicios, además de un lugar de encuentro y de relaciones sociales, sobre todo masculinas, en el que, en medio de un frenético deambular, se sucedían las más diversas transacciones. Se situaba generalmente próximo a la mezquita, aprovechando una plaza o espacio abierto. Podía estar cubierto o al aire libre.

Los oficios y los puestos se extendían por áreas especializadas. En ellos exponían los distintos productos (especias, perfumes, tejidos, leche, huevos, frutas y hortalizas, pescado, carne, así como objetos propios de orfebrería, cerámica, espartería, calderería...); también ofrecían sus servicios distintos trabajadores: carpinteros, aserradores, sastres, pintores, molineros, zurcidores, escribanos, médicos, sangradores, herreros, barberos, albañiles, braceros..., por último, los acróbatas, narradores, encantadores... proporcionaban divertimento a la muchedumbre que lo abarrotaba. Algunos oficios como curtidores y aceiteros se veían relegados a lugares alejados, fuera del zoco, por producir malos olores o sustancias insalubres.
Las tiendas eran muy pequeñas y las dedicadas a la artesanía solían tener incorporado el taller. El comerciante se situaba normalmente sobre una tarima y desde ella podía alcanzar cualquiera de los objetos expuestos a la venta.

También existían bastantes freidurías, en las que se despachaban buñuelos, pestiños y platos preparados con carne picada cuya elaboración era especialmente vigilada.
Al frente del zoco estaba el almotacén o zabazoque, encargado de velar por su correcto funcionamiento. Entre sus atribuciones se contaban: fijar los precios prohibiendo el acaparamiento, controlar la calidad, los pesos y medidas y la moneda, asignar el emplazamiento de los gremios y los puestos, controlar la limpieza, imponer sanciones y retirar las mercancías defectuosas. También podía nombrar ayudantes y alamines para los gremios.
Las compras se hacían con dinero en efectivo, que primero se acuñó en la ceca de Córdoba, y luego, en época de taifas, en otras ciudades. Las monedas de pago corriente eran los dinares, dirhems y feluses.

Además de los zocos permanentes hubo otros que se desplegaban una vez en semana. Los mercadillos de puestos de venta ambulante de muchos pueblos y ciudades de nuestra geografía son herederos de esta tradición.
Cercanas al zoco estaban las alhóndigas o funduk (de donde deriva la palabra “fonda”), establecimientos que jalonaban las rutas comerciales y que
servían de alojamiento y de almacén para los productos.

EL AGUA Y LOS BAÑOS



El agua estaba presente en todas partes, en las curtidurías y alfarerías, en los baños públicos, en el entorno de las mezquitas, así como en las propias casas y huertos.

Los lugares destinados al baño, bastante numerosos, ocupaban un lugar destacado en la vida cotidiana de la población andalusí. Los había públicos y privados, lujosos y humildes, pero todos proporcionaban a sus usuarios la necesaria higiene personal y espiritual, además de ser lugares de encuentro y reunión. Hombres y mujeres se alternaban en su uso y disfrute siendo esta actividad una de las escasas oportunidades que la mujer andalusí tenía para relacionarse y salir del entorno doméstico. En la Córdoba califal llegaron a existir más de seiscientos.
En ellos, la clientela no sólo se lavaba, sino que también se relajaba y se dejaba masajear enérgicamente. Para ello se contaban con distintas dependencias. La tarde estaba destinada al turno de las mujeres, que se acicalaban, charlaban e incluso merendaban.
Están divididos en una serie de estancias en las que la temperatura varía de forma progresiva. La diferente temperatura se consigue mediante una conducción subterránea de aire calentado por grandes calderas de leña. Las bóvedas horadadas por lucernas de formas geométricas proporcionaban luz, creando un ambiente tenue y acogedor. Se abrían y cerraban para regular el vapor de las salas.

Con frecuencia los baños se abastecían del agua de los aljibes (depósitos de agua para consumo vecinal). En el barrio del Albaicín de Granada se conserva casi intacta la red de aljibes andalusí que se mantuvo en uso hasta la instalación del agua corriente en los años cincuenta.

LA CASA



Las viviendas eran un refugio de paz y confort, muy por encima de lo habitual por entonces en otros lugares del resto de Europa. Casi todas ellas, tanto las humildes como las de familias acomodadas, presentaban una serie de características comunes.Exteriormente, eran muy sobrias y raramente expresaban la categoría social de sus moradores. Hay pocas ventanas y son de reducido tamaño. Suelen estar cubiertas de celosías para permitir ver sin ser vistos. Debían quedar por encima de los ojos de los transeúntes. La entrada se presentaba en recodo, con zaguán, para que el patio no pudiera ser visto desde la calle.Este patio era el núcleo de distribución de la casa y el centro de la vida familiar. En él estaba presente el agua en forma de estanque, fuente o pozo y, por pequeño que fuera, siempre había espacio para flores y plantas. Cumplía la función de graduar las diferencias térmicas propias del clima.

Las alcobas, salones y cocina se abrían a dicho espacio y se distribuían también en torno a la galería superior. Las estancias no tenían un uso totalmente definido pudiendo hacer las veces de sala de estar o dormitorio según las necesidades del momento. En toda vivienda también existía un "aseo" digno.
La cocina se situaba cerca de la entrada y era normalmente de reducidas dimensiones. Los elementos básicos de la misma eran el atanor, pequeño horno tronco-cónico o cilíndrico excavado en la tierra que funcionaba con carbón vegetal, y el fogón para cocinar distintos platos cocidos o fritos. El menaje de cocina y la vajilla de loza se guardaban en arcones o alacenas. Junto a la cocina, en las casas de familias acomodadas, se situaba la despensa donde cántaros, orzas, odres y tinajas contenían las provisiones alimenticias para todo el año.
El mobiliario era sencillo, apenas unos arcones, una mesa baja de taracea, y algunos altillos y hornacinas en los que depositar un libro o algún adorno de marfil. De dar calidez al entorno se encargaban las esteras y alfombras tupidas de lana, unos mullidos almohadones de seda o lana bordada y un buen brasero.

LA ALIMENTACIÓN



Una de las herencias más importantes que el mundo andalusí ha dejado entre nosotros ha sido la de su gastronomía. Tanto la corte como el pueblo eran amantes de los placeres que la imaginación y los bienes de la tierra proporcionaban. Se preparaban riquísimos alfajores y pestiños, albóndigas con comino, gachas de carne y sémola, cuscús, empanadas de guisantes y merluza, pescado al cilantro verde o berenjenas rellenas. La abundancia de productos hortofrutícolas y cereales, el consumo de carnes y pescados variados, el uso de hierbas aromáticas y especias, y el gusto por la repostería fueron sus principales características.

Los cereales eran la base de la alimentación y fueron utilizados no sólo en forma de pan, sino también de gachas, sémolas y sopas. El arroz se consumía frecuentemente en las reuniones familiares. Las legumbres se usaron combinadas con carne y también en puré.
Entre las verduras se introdujo la alcachofa, muy apreciada, el espárrago y la berenjena. Tan apreciada llegó a ser esta última que a los almuerzos de mucho bullicio y gentío se les llamaba “berenjenales”. Además de éstas, otras hortalizas bastante cultivadas fueron la calabaza, los pepinos, las judías verdes, los ajos, la cebolla, la zanahoria, el nabo, las endibias, las acelgas, las habas, las espinacas...
Y es que la huerta floreció en aquellos tiempos como nunca antes lo hiciera, llenándose de nuevas hortalizas. Entre ellas, las flores rezumaban fragancia y color: Crecían el alhelí, la rosa, la madreselva y el jazmín.

El pescado se consumía en las zonas cercanas a la costa, mientras que en el interior el uso del mismo ofrecía evidentes problemas de conservación por lo que se recurría a la técnica de la salazón. En cuanto a la forma de prepararlos eran frecuentes los pescados al horno, en escabeche y algo parecido a las actuales empanadas, pero elaboradas con tortas de trigo.

La carne más común fue la de cordero, aunque también abundaron las de caza y ave. Las clases más humildes sólo la comían en días de fiesta, mientras que era un producto habitual en la dieta de las clases pudientes. Se solía comer asada en carbón, rellena, en guisos y picada en albóndigas. Las salchichas, elaboradas entonces con cordero, eran ya famosas en la región. La leche y los huevos constituían el aporte de proteínas más habitual.

En cuanto a las grasas vegetales el aceite preferido era el de oliva, que se obtenía en almazaras mediante una gran prensa de tornillo de madera. El más reputado de todos era el del Aljarafe sevillano, llegándose incluso a exportar. También se hacían aceitunas aliñadas.
Las frutas, muy variadas, se consumían frescas en su época de recolección, bien como postre o en zumo. Técnicas de conservación como la confitura o el secado hicieron que durante todo el año pudieran incluirse en la dieta.

Las más consumidas eran la sandía, el melón y la granada. El higo llegó a exportarse a Oriente. Los cítricos, como el limón, el pomelo, el toronjo y la naranja amarga, eran utilizados para conservar los alimentos, pero también se extraía de ellos para la elaboración de zumos y de sus flores, esencias para la elaboración de perfumes. Se aclimataron también, procedentes de otros lugares, el membrillo, el albaricoque y un sinfín de frutos más.

En Europa hicieron fortuna las combinaciones de azúcar y frutas, en formas de jaleas, mermeladas, refrescos... que fueron recibiendo curiosos nombres de sabor oriental, como arropes (jarabe de mosto con trozos de fruta), jarabes y siropes, o sorbetes.


También les debemos a la cultura andalusí la introducción de la caña de azúcar, que vino a sustituir a la miel como edulcorante, aunque ésta continuó siendo siempre muy valorada. El azúcar, que durante siglos sólo se conocía en forma de jarabe, pasó a consumirse como lo conocemos hoy gracias a que inventaron la manera de cristalizarlo.
Pero donde realmente brillaban la inventiva y el buen hacer andalusíes fue en los dulces (tanto fritos como horneados): buñuelos de varias clases, pasteles de almendra, pastelillos de miel, arroz con leche, confituras de frutas... y casi todo aderezado abundantemente con agua de rosas. En la composición de los mismos predomina la harina de trigo, los frutos secos, el azúcar y la miel.

En los largos y calurosos veranos de Al-Andalus se mitigaban los rigores del sol con esencias de flores y frutos, mezclados con agua fría o con hielo. Para ello (especialmente en el reino de Granada) se excavaban pozos de diez metros de profundidad, donde metían la nieve de Sierra Nevada, que les duraba hasta el mes de julio. Si el pozo era de veinte metros, el depósito de hielo duraba todo el año.

En cuanto a las especias, muy utilizadas en la cocina de Al-Andalus, se introdujo la canela (que ejercía de reina de toda esa perfumada corte), así como el azafrán, el comino, la alcaravea, el jengibre, el sésamo o ajonjolí, el cilantro, la nuez moscada y el anís. En las mesas de cualquier celebración también se daban cita el laurel, el ajo, el clavo, el cardamomo, la mostaza, el comino y la pimienta, sin desdeñar las hierbas aromáticas como el hinojo, la hierbabuena, el tomillo y el romero.